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El hierro, el director y el peón

En una época en la que las ventas de las empresas se reducían drásticamente y los precios estaban más ajustados que nunca, una pequeña industria metalúrgica del norte de España había recibido un encargo sumamente importante. Debía realizar una serie de piezas de hierro que formaban parte de una exposición de un destacado escultor contemporáneo y que iban a ser colocadas en una de las calles más concurridas de la ciudad. A petición expresa del autor, las esculturas debían ser de hierro sin galvanizar, pues quería ver este metal desnudo. Los dueños de la empresa, meros inversores, habían creado la empresa con los beneficios de otras tantas. Sin embargo, las otras sociedades estaban pasando por momentos mucho peores y, en ese momento, la realización de estas esculturas les iba a permitir aguantar la situación. Pero había un problema: no conocían en profundidad el producto que manejaban y vendían. Fruto de este desconocimiento, tomaron la decisión de realizar las esculturas en hierro, sin más, confiando en que todo fuera a salir correctamente y sin investigar ni documentarse sobre el tema que les habían encomendado.

Un tiempo después de construir y situar las figuras en sus respectivos destinos, recibieron una llamada. Era el ayuntamiento de la localidad quien, por medio de los ciudadanos y del propio escultor, les comunicó que las esculturas tenían graves defectos poco tiempo después de su colocación. Les instaron a quitarlas y construir otras nuevas para que así pudieran cobrar la totalidad del dinero. La llamada les extrañó. Sin embargo, la tozudez hizo que decidiesen realizar las esculturas de la misma forma, confiando en que un fallo en el proceso de fabricación o modelado hubiese sido la causa de tan rápido deterioro.

Días más tarde, construidas de nuevo y listas para cargar en el camión, el director general dejó una reunión que tenía con el resto de la directiva sobre el tema que había sucedido para bajar personalmente al almacén a comprobar in situ cómo las esculturas eran enviadas con la calidad necesaria. No habían transcurrido prácticamente ni diez minutos cuando estaba de vuelta en la sala de juntas. Sorprendidos por tanta rapidez, sus compañeros escucharon:

―Señores. Al bajar a hacer la comprobación visual de la mercancía me encontré con Felipe. Estaba poniendo un paquetito en cada escultura, en una parte que no pudiera ver el público. Extrañado, pensando que esa era la causa de los desperfectos de las figuras, pregunté el motivo. Me contestó que se había enterado de todo el tema de las esculturas. Y me explicó lo que realmente había pasado. Parece ser que el hierro sufre corrosión atmosférica, lo que hace que los materiales ferrosos se degraden por formación de herrumbre. ¡Esa era la causa del color rojizo, de las grietas y de los agujeros en las finas láminas de las esculturas que nos reportaron en la llamada! ―exclamó.

Mirad estas fotos que me enseñó en su móvil sobre procesos similares. Parece ser algo común que sucede mucho a nuestro alrededor ―comentó mientras mostraba las imágenes con su tableta.

Tornillos y tuercas oxidados 

Resultado de la oxidación de un banco de la calle

Oxidación y mantenimiento

Tras una breve pausa, continuó hablando:

―Felipe afirmó que era debido a un fenómeno electroquímico. En la superficie del hierro se formaban óxidos de hierro, debido a la presencia de agua, oxígeno y un electrolito, tres sustancias presentes en las calles. Y que estaba favorecido a pH ligeramente ácidos, fruto de la contaminación creciente en forma de CO2, SO2, NO2… Muy seguro de sí mismo, me dijo que era un proceso en dos etapas. Primeramente el hierro se oxida perdiendo dos electrones y se forma Fe2+ en una gotita de agua. Esto es posible gracias al oxígeno atmosférico, que se reduce a agua con un aporte de protones presentes en la humedad. En la segunda etapa, el oxígeno disuelto en las gotitas se reduce a agua, oxidando el Fe2+ disuelto a Fe3+, el cual precipita en forma de Fe2O3•xH2O, y quedándose, tras su deshidratación, en forma de Fe2O3 (herrumbre).

Los compañeros del director, todos de impoluto traje, se miraron con la boca abierta. El director general, tras un sonoro carraspeo, prosiguió:

―Como si me estuviera leyendo la mente, Felipe me indicó lo que estaba haciendo. Me dijo que quería buscar una solución al problema. Había pensado en varias. Unas cuantas versaban sobre recubrimientos con pinturas o con metales más o menos activos que el hierro. Él mismo expuso que, sin embargo, estas soluciones no estarían aceptadas por el autor de las esculturas quien, por deseo personal, quería que las esculturas fueran en hierro desnudo. Apuntó que quedaba una solución posible, precisamente, la que estaba llevando a cabo. Ese paquetito que pensé que era el motivo de tan rápido deterioro era en realidad magnesio, elemento que iba a actuar como ánodo de sacrificio. Felipe vio mi cara estupefacta, así que la explicación que me dio fue clara y sencilla. Al conectar el hierro a un trozo de metal más activo como el magnesio, éste se oxida, disolviéndose, y permite que el hierro reciba continuamente electrones del magnesio, por lo que no se oxida y por tanto no se forma herrumbre.

El director general hizo un parón para tomar un poco de agua. Se dio cuenta de que estaba tardando mucho más en exponer a sus compañeros el problema que lo que tardó Felipe en explicárselo a él. Intentó continuar para manifestar lo siguiente que le había dicho:

Felipe me afirmó que esta metodología se emplea para proteger grandes objetos de hierro y acero (aleación de hierro y carbono), que están en contacto con agua de mar, con tierra y ambientes húmedos, tuberías y similar. Y por cierto, comentó que el único mantenimiento que requería era vigilar el estado y la cantidad de magnesio para así sustituirlo periódicamente cuando estuviese próximo a acabarse.

Los compañeros del director general estaban anonadados. Solo tuvieron palabras de admiración y fuerza para hacer una única pregunta:

―Señor director general, ¿quién es el tal Felipe que usted se encontró y que nosotros no conocemos? ―respondieron al unísono.

Apartándose un poco a la derecha, el director dejó ver a Felipe, quien esperaba pacientemente a sus espaldas.

―Soy Felipe, carretillero de almacén. Disfruto con mi trabajo tanto como el que más. Además, soy químico, considerado por mis compañeros como uno de los mejores de mi promoción, aspecto que también está justificado por mi expediente académico. Siento meterme donde no me llaman pero si ustedes volvían a hacer lo mismo que la primera vez, las esculturas se estropearían de nuevo. Y puedo intuir lo que eso supondría para la empresa. Sea cual sea mi puesto, no puedo permitir que nuestra industria caiga dos veces con la misma piedra, porque el conocimiento, muchas veces, y más en estos tiempos, no está solo en los altos cargos.

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Categorías: 1. General, 4. Pensamientos del presente | Etiquetas: , , , , , | 9 comentarios

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