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La gravedad y la cola del supermercado

Me encuentro esperando en la cola del supermercado de un centro comercial. Pese a ser domingo, se encuentra abierto debido a las fechas navideñas en las que estamos.

Giro la cabeza y veo a un padre, a una madre y a su hijo de aproximadamente dos años. El niño está de pie en el carro, calmado, sonriente, con los ojos bien abiertos, con la vista en las luces y en los objetos llamativos, observando todo lo que le rodea.

Miro de nuevo hacia adelante. Ya queda poco para llegar a la caja. No es que tenga mucha prisa, pero es cierto que los centros comerciales me suelen dar algo de agobio. De repente, escuché:

Mecagüen la pu_ _, Diego, ¡ya vale!

.

Me hallo anonadado. No me lo explico. ¿Qué puede ocurrir en la cola de un supermercado para tener que decir semejante barbaridad? Dispuesto a descubrirlo, vuelvo a girar la cabeza, no sin cierto temor enfundado y, por qué no, bastante vergüenza ajena. En ese momento, siento que la sangre me hierve por dentro.

El niño pequeño que estaba en el carro, calmado y sonriente, se llama Diego. Obviamente eso no es lo más importante. Lo que había ocurrido es que Diego había lanzado uno de los productos de la compra al suelo. La frase que había escuchado era la reprimenda que le hizo su padre por hacerlo. La madre, callada, no dijo nada. No corrigió a su hijo por su acción, pero tampoco a su pareja por la falta de respeto a la hora de dirigirse al niño.

Respirando hondo, me surgió la siguiente pregunta:

¿Diría la misma frase Newton cuando se desprendió sobre su cabeza la manzana del árbol?

Tanto Newton como el pequeño Diego estaban “jugando” con la fuerza ejercida por la Tierra hacia su centro sobre todos los cuerpos: la gravedad. A su edad, Diego todavía no conoce la ley de la gravitación universal ni las bases de la mecánica clásica establecidas por Newton. Tampoco sabe que el lanzamiento que había realizado al tirar el paquete del carro al suelo se suele estudiar mediante una composición de dos movimientos perpendiculares entre sí: un movimiento rectilíneo uniforme en el eje horizontal y un movimiento rectilíneo uniformemente acelerado debido a la gravedad en el eje vertical.

Pero lo más importante no es que no supiera todo eso. Lo más importante es que lo estaba experimentando, lo estaba palpando y lo estaba investigando en su propio laboratorio. De algún modo que realmente los adultos desconocemos, en su cabecita Diego estaba comprobando lo que ocurría cuando realizaba un movimiento con la mano y dejaba soltar al final el producto de la compra. Y quería ver las consecuencias, sacar sus propias conclusiones: hasta que altura llegaba, cuál era el alcance máximo que lograba… Tal vez en otros términos no tan físicos como los que nosotros ya conocemos, pero quería investigar. ¿Investigación “básica” tal vez? Tristemente, su experimento también tuvo una consecuencia ingrata que no debía haber tenido lugar. La reacción de su padre y la falta de ánimos de su madre. ¿Cómo se puede actuar así? ¿Se habrá cortado la carrera de un joven, pero que muy joven investigador? No estamos para semejantes hazañas.

¿Truncan los adultos ese espíritu investigador que todo niño lleva dentro?

 

Este post participa en la Edición XLVIII del Carnaval de Física, cuyo anfitrión es Daniel Martín Reina en su blog “La Aventura de la Ciencia”.

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