4. Pensamientos del presente

¿Cómo hacer un buen examen de Química?

Septiembre. Mes por excelencia de la vuelta al colegio, al instituto y a la Universidad. La sabiduría vuelve a nuestros cuerpos y mentes. Las ideas están acompañadas de todas y cada una de las longitudes de onda del espectro visible con motivo de la llegada en estas fechas de la estación otoñal. Tras haberse tomado unos días de necesario descanso, los lápices y gomas, los bolígrafos y papeles, los ordenadores y los libros están listos para servir a nuestras mejores funciones: pensar, plantear, reflexionar, solucionar, disfrutar… Nuestros conocimientos están a flor de piel en un ambiente embadurnado de sonrisas y ganas por aprender.

Como no podía ser de otra forma, moles de química se pone de nuevo a trabajar. Septiembre. ¡Qué bonito mes!

Pensar.

Plantear.

Reflexionar.

Solucionar.

Disfrutar.

Y…

¡Demostrar que has aprendido!

Demostrar que has aprendido es algo que hay que hacer siempre pero hay una serie de actividades a partir de este mes en las que este hecho se requiere con especial atención: vuelven las pruebas y los exámenes. Vuelven esos nervios que tantas veces te dejan helado pero que suelen acabar con sensación de satisfacción y mejora personal. Aspectos como la utilidad, forma y cantidad de exámenes pueden dar para hacer un post… o una trilogía. Por este motivo, hoy me detendré en otros aspectos también importantes: su preparación, abordaje, desarrollo y finalización. Creo que es necesario facilitar a los alumnos una serie de pautas para realizar una prueba o examen de una asignatura científica en general, Química en particular. En mi caso, son consejos fruto de mi formación como químico, de mi experiencia como alumno y profesor de clases particulares y de muchas conversaciones con otros profesores. ¡Y es que también hay que aprender a hacer exámenes! Por ello, en esta entrada dedico unas líneas de ayuda para los estudiantes. Tanto para obtener un suficiente como para sacar un sobresaliente hay que enfrentarse a estas pruebas. ¿Por qué no echar una mano?

Ideas, conocimientos, números, letras…

 Demostrar que has aprendido es el objetivo primordial. ¡Esfuérzate para conseguirlo!

El proceso comienza mucho antes del día señalado estando atento en clase, tomando apuntes y buscando información complementaria. Escucha las orientaciones de tu profesor. Observa qué es lo más importante y cómo se debe explicar. ¡Pregunta todo lo que no sepas!

Nunca te acuestes la noche anterior al examen con algo que no hayas entendido. Métete a la cama leyendo algo de la asignatura que te permita tener una noche apacible para dormir con la sensación de que lo tienes dominado. Duerme, lo que consideres necesario, pero duerme tanto si eres de trasnochar como de madrugar. El cansancio te puede jugar una mala pasada. Eso sí, es francamente difícil que lo que no hayas interiorizado sepas solucionarlo en mitad del examen. ¡Es muy difícil y requiere mucho tiempo! Como puedes observar, no es una noche para dormir 3 horas, pero tampoco 12.

⇒ Desayuna bien y llénate de energía. Es conveniente que lleves algo de almorzar para media mañana, tanto para antes de hacer la prueba como para cuando ya la hayas acabado.

 Cuando recibas el examen, tómate tu tiempo en leerlo completamente. Dominarás unas cosas más que otras. No te preocupes. Respira hondo. Descansa un par de minutos mirando a un punto lejano de la clase o a través de la ventana, lo justo para ordenar las ideas en tu cabeza. No es bueno comenzar a escribir con la euforia de comprobar que te sabes todos los ejercicios ni con el desánimo de ver que tienes dudas en alguno de los mismos. Mentalízate de que eres capaz de hacer mucho en el papel que tienes delante.

 Empieza por donde mejor te lo sabes. ¡Sin duda! Seguirás adelante con seguridad. No hay cosa que peor te pueda sentar que gastar tus energías en resolver lo más difícil sin conseguirlo para que suene la campana antes de poder haber redactado de manera correcta lo que conocías perfectamente.

 Una vez que empieces un ejercicio no te distraigas. Métete en el problema e intenta aplicar todas las estrategias que conoces para solucionarlo. Siéntete un científico en su propio laboratorio. Plásmalo en el papel.

 Nunca empieces un problema cuando te quede menos de 1/4 de folio. Un problema necesita anotar datos, realizar un planteamiento, resolver el problema y dar un resultado. Cambiar de hoja o pasar a escribir en la parte posterior de la misma está íntimamente relacionado con despistes, equivocaciones y con un mayor tiempo para realizar el problema.

 La Ciencia en general y la Química en particular no son sólo números. Las palabras y frases deben estar presentes en tus ejercicios para que permitan seguir el desarrollo de los problemas y las explicaciones. ¡Los científicos podemos y debemos escribir! De hecho, los artículos de investigación tienen más letras que números. No te preocupes, es más fácil de lo que parece. En muchas ocasiones, esto se reduce a escribir lo que vas pensando mientras realizas el examen. Si lo piensas, si lo sabes, ¿por qué no demostrarlo? Explica el porqué de hacer esa regla de tres, el porqué de elegir una resolución en concreto, el porqué de elegir una ecuación/ley y no otra… ¡Escribe la Ciencia!

 Cuida en todo momento la ortografía, presentación, redacción y rigor del documento que presentes. 

 Cuidado con las purezas superiores al 100 %, las diluciones que generan mayores concentraciones, los tiempos negativos, las reacciones exotérmicas con entalpías positivas, las reducciones en las que se pierden electrones y un largo etc. Todas esas “cosas imposibles” que se cuelan en un examen dan la amarga sensación de que no sabes lo que estás escribiendo ni comprendes los resultados que obtienes.

⇒ Sé claro y conciso. Contesta a lo que se te pregunta. Pero no peques tampoco en este aspecto. Es mejor demostrar que sabes más que menos de lo necesario. Eso sí, siempre intrínsecamente relacionado con lo que te preguntan.

 Nunca dejes algo en el tintero simplemente por dar por supuesto de que el profesor lo sabe. Una de las mejores formas de hacer un examen es realizarlo como si tú fueras el profesor: intenta que la persona a quien estés escribiendo comprenda, únicamente con tus explicaciones, todo lo que tú sabes.

⇒ ¿Contestar aunque no te lo sepas con total certeza? Sí. No contestar sabes lo que implica. ¿Por qué no tratas de poner en contacto los conocimientos obtenidos durante el proceso de aprendizaje y sacar la mejor opción que tengas disponible? Tal vez no llegues a la solución completa, ni siquiera al planteamiento general. Pero esfuérzate, demuéstralo y, al menos, dos líneas escritas con coherencia son mejor que ninguna.

⇒ Interpreta todos y cada uno de tus resultados principales obtenidos, aunque no venga explícitamente mencionado en la pregunta, cuestión o problema del examen. De la misma forma debes dar una conclusión al problema planteado. ¡Y acuérdate de las unidades! Los exámenes suelen ser relativos a lo que has aprendido en un pasado. No está de más dar alguna idea de cómo solucionarías tú mismo esos problemas con las herramientas que tienes a mano.

 Repasa siempre antes de entregar el examen. Hay dos formas para ello. Cuando repasas un problema que sabes o intuyes que está incorrecto suele ser más productivo empezarlo por el principio. Muchas veces tienes el fallo delante de tus ojos pero leyendo no consigues nada: hay que razonar, calcular y escribir. Por cierto, no está de más que conozcas bien tu calculadora antes de usarla. No es una broma: puede ser tanto tu mejor aliada como la peor de tus enemigas.

 ¿Mirar el cuaderno y los libros al finalizar el examen? Ya sabes lo que puede suponer: una alegría ilimitada o una tristeza profunda. Pero como tu objetivo principal es aprender te recomiendo que compruebes aquellas dudas que tienes cuando has salido por la puerta. Posiblemente, tanto si has contestado correctamente como si no, no se te olvidará. Y eso es lo que a ti, como persona, debe importar. 

 Acude a las revisiones de exámenes tanto si sacas un 1, un 5 o un 10. Siempre hay algo que aprender. Ver tu prueba unos días más tarde, tal vez con las ideas incluso más asentadas, te hacen ver el conjunto de otra manera: fíjate en las correcciones del profesor, en las anotaciones que te dice, en el porqué de tus errores y aciertos. Aprenderás mucho acerca de cómo se hace un examen.

Recuerda siempre que el profesor corrige el examen que tú haces y, de acuerdo a lo que en él está escrito, pone una nota. El tema de las notas es algo que daría para escribir otro post, tal vez una encuesta. De lo que no hay ninguna duda es de que así se encuentra implantado el sistema (aunque debería cambiarse progresivamente) por lo que hay que afrontarlo y superarlo de la mejor forma posible.

Estos son unos consejos que considero bastante importantes para la realización de un buen examen. Te deseo un curso lleno de éxitos que consigan llenarte de ideas y conocimientos aprendidos, comprendidos e interiorizados.

¡Feliz curso 2014/2015!

El formato de los exámenes es cada vez más variado, lo cual es enriquecedor. No sé si habrás realizado alguna prueba en la que puedas comentar cosas con tus compañeros, pero lo que sí que te puedo asegurar es que puedes participar activamente con los comentarios en este post.

¡Tu experiencia puede ayudar a muchos lectores!

Esta entrada participa en la Edición XXXIX del Carnaval de Química alojado en el blog ‘gominolasdepetróleo

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La gravedad y la cola del supermercado

Me encuentro esperando en la cola del supermercado de un centro comercial. Pese a ser domingo, se encuentra abierto debido a las fechas navideñas en las que estamos.

Giro la cabeza y veo a un padre, a una madre y a su hijo de aproximadamente dos años. El niño está de pie en el carro, calmado, sonriente, con los ojos bien abiertos, con la vista en las luces y en los objetos llamativos, observando todo lo que le rodea.

Miro de nuevo hacia adelante. Ya queda poco para llegar a la caja. No es que tenga mucha prisa, pero es cierto que los centros comerciales me suelen dar algo de agobio. De repente, escuché:

Mecagüen la pu_ _, Diego, ¡ya vale!

.

Me hallo anonadado. No me lo explico. ¿Qué puede ocurrir en la cola de un supermercado para tener que decir semejante barbaridad? Dispuesto a descubrirlo, vuelvo a girar la cabeza, no sin cierto temor enfundado y, por qué no, bastante vergüenza ajena. En ese momento, siento que la sangre me hierve por dentro.

El niño pequeño que estaba en el carro, calmado y sonriente, se llama Diego. Obviamente eso no es lo más importante. Lo que había ocurrido es que Diego había lanzado uno de los productos de la compra al suelo. La frase que había escuchado era la reprimenda que le hizo su padre por hacerlo. La madre, callada, no dijo nada. No corrigió a su hijo por su acción, pero tampoco a su pareja por la falta de respeto a la hora de dirigirse al niño.

Respirando hondo, me surgió la siguiente pregunta:

¿Diría la misma frase Newton cuando se desprendió sobre su cabeza la manzana del árbol?

Tanto Newton como el pequeño Diego estaban “jugando” con la fuerza ejercida por la Tierra hacia su centro sobre todos los cuerpos: la gravedad. A su edad, Diego todavía no conoce la ley de la gravitación universal ni las bases de la mecánica clásica establecidas por Newton. Tampoco sabe que el lanzamiento que había realizado al tirar el paquete del carro al suelo se suele estudiar mediante una composición de dos movimientos perpendiculares entre sí: un movimiento rectilíneo uniforme en el eje horizontal y un movimiento rectilíneo uniformemente acelerado debido a la gravedad en el eje vertical.

Pero lo más importante no es que no supiera todo eso. Lo más importante es que lo estaba experimentando, lo estaba palpando y lo estaba investigando en su propio laboratorio. De algún modo que realmente los adultos desconocemos, en su cabecita Diego estaba comprobando lo que ocurría cuando realizaba un movimiento con la mano y dejaba soltar al final el producto de la compra. Y quería ver las consecuencias, sacar sus propias conclusiones: hasta que altura llegaba, cuál era el alcance máximo que lograba… Tal vez en otros términos no tan físicos como los que nosotros ya conocemos, pero quería investigar. ¿Investigación “básica” tal vez? Tristemente, su experimento también tuvo una consecuencia ingrata que no debía haber tenido lugar. La reacción de su padre y la falta de ánimos de su madre. ¿Cómo se puede actuar así? ¿Se habrá cortado la carrera de un joven, pero que muy joven investigador? No estamos para semejantes hazañas.

¿Truncan los adultos ese espíritu investigador que todo niño lleva dentro?

 

Este post participa en la Edición XLVIII del Carnaval de Física, cuyo anfitrión es Daniel Martín Reina en su blog “La Aventura de la Ciencia”.

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Profesor, ¿qué es la ciencia?

Pocos días después de comenzar el curso escolar, el tutor de una clase de primaria recibió la siguiente pregunta de un curioso niño ávido por aprender:

―Profesor, ¿qué es la ciencia?

El profesor, visiblemente asombrado, contestó con una pregunta mientras mostraba la siguiente fotografía:

Sol en el Soto de Villarcayo

―¿Veis el sol que siempre está ahí arriba, iluminándonos por el día y reflejándose en la luna cada noche? Pues eso es ciencia. Es la ciencia de la astronomía.

El alumno, sorprendido por la contestación, exclamó:

―Entonces, si el sol siempre está ahí arriba, iluminando cada lugar a nuestro alrededor… ¡todo es astronomía!

El profesor, sonriente por la inocencia de su alumno, indicó:

―¿Os dais cuenta de que cuando vuestros lápices y pinturas se caen del pupitre llegan rápidamente al suelo? Pues eso también es ciencia. Es la ciencia de la física.

De nuevo, el alumno, aseveró:

―Entonces, si dejamos caer cualquier cosa, en cualquier sitio del mundo y llega siempre al suelo… ¡todo es física!

Claramente disfrutando de la situación que se estaba dando en su clase, el profesor, sin detenerse, prosiguió:

―¿Sabéis que, si mirásemos cualquier cosa por un microscopio gigantesco y muy potente, observaríamos que todo está formado por diminutas “pelotitas” llamadas átomos? Pues eso también es ciencia. Es la ciencia de la química.

De nuevo, el alumno, cada vez más impresionado, ratificó:

―Entonces, si absolutamente todo está formado por átomos… ¡todo es química!

Todos los niños estaban disfrutando como locos con la clase de hoy. Era un debate abierto. El profesor, continuó:

―¿Alguna vez habéis visto documentales de los animales donde se estudia su nacimiento, crecimiento, vida y reproducción? ¿Acaso no hay infinidad de plantas, con miles de colores y olores? Y todas esas especies, ¿no son seres vivos, como vosotros? Pues eso también es ciencia. Es la ciencia de la biología.

Ahora fue una niña alta, de trenzas morenas, quien saco una fotografía que tenía en su carpeta mientras aseguraba:

―A mi papá le gusta la fotografía y suele sacar imágenes de los sitios donde va. En esta fotografía hay una mariposa en una flor. He pensado que, entonces, si nosotros somos seres vivos y en cualquier lugar de nuestro planeta Tierra hay seres vivos, ya sean animales o plantas… ¡todo es biología!

Mariposa posada en una flor

El profesor no daba crédito a sus ojos. Mientras todos los niños permanecían con las manos levantadas para querer participar, lanzó otra pregunta al aire:

―¿Hay algo en clase que no podáis contar? ¿No tienen cuatro patas las sillas donde os sentáis, dos cristales las ventanas por donde miráis y un ratón cada ordenador que manejáis? Pues eso también es ciencia. Es la ciencia de las matemáticas.

El más tímido de la clase, tuvo el turno de palabra:

―Mi mamá siempre compra la fruta por unidades y la carne por gramos. Entonces, si somos capaces de dar un número a todo lo que vemos… ¡todo es matemáticas!

¡Rin rinnnnn!

El timbre sonó. Sin embargo, los chicos querían una última explicación.

―Profesor, entonces, ¿qué es la ciencia? ―preguntó de nuevo el niño que había comenzado el tema de hoy.

―Es muy fácil queridos alumnos. Hemos demostrado como todo es astronomía, física, química, biología, matemáticas… Y podríamos haber seguido, pero no nos ha dado tiempo. Continuaremos el próximo día, pues nos quedan muchas ciencias: arqueología, políticas, derecho, economía, educación, periodismo, fisioterapia, medicina, psicología, alimentación, geología… ¡Infinidad de ellas! La ciencia es todo aquello que nos rodea, que nos llena por dentro y por fuera. Por lo tanto, hay una sola ciencia que se divide en otras tantas para que podamos estudiar todos los fenómenos que nos rodean. Pero… ¡eso sí! Todas ellas están relacionadas entre sí.

Aún así, los chicos querían mayor claridad en la explicación. El profesor, con las siguientes palabras, dejó atónitos a sus alumnos, con quienes tan buen rato había pasado: 

―Ciencia sois vosotros, cada uno de ustedes. Vivimos en el sistema solar, en uno de sus planetas. En un planeta en el que la gravedad, esa fuerza que hace que caigan los lápices al suelo, nos pone los pies en la tierra. Tierra que alberga seres vivos como nosotros y como tantos otros. Seres vivos formados por átomos, como todo en esta vida. Recordad: ciencia eres tú, soy yo, somos todos. ¡Vividla como tal!

.

Este post participa en la Edición del Cu del Carnaval de Química, cuyo anfitrión es Héctor Busto en su blog “Más ciencia, por favor”.

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El hierro, el director y el peón

En una época en la que las ventas de las empresas se reducían drásticamente y los precios estaban más ajustados que nunca, una pequeña industria metalúrgica del norte de España había recibido un encargo sumamente importante. Debía realizar una serie de piezas de hierro que formaban parte de una exposición de un destacado escultor contemporáneo y que iban a ser colocadas en una de las calles más concurridas de la ciudad. A petición expresa del autor, las esculturas debían ser de hierro sin galvanizar, pues quería ver este metal desnudo. Los dueños de la empresa, meros inversores, habían creado la empresa con los beneficios de otras tantas. Sin embargo, las otras sociedades estaban pasando por momentos mucho peores y, en ese momento, la realización de estas esculturas les iba a permitir aguantar la situación. Pero había un problema: no conocían en profundidad el producto que manejaban y vendían. Fruto de este desconocimiento, tomaron la decisión de realizar las esculturas en hierro, sin más, confiando en que todo fuera a salir correctamente y sin investigar ni documentarse sobre el tema que les habían encomendado.

Un tiempo después de construir y situar las figuras en sus respectivos destinos, recibieron una llamada. Era el ayuntamiento de la localidad quien, por medio de los ciudadanos y del propio escultor, les comunicó que las esculturas tenían graves defectos poco tiempo después de su colocación. Les instaron a quitarlas y construir otras nuevas para que así pudieran cobrar la totalidad del dinero. La llamada les extrañó. Sin embargo, la tozudez hizo que decidiesen realizar las esculturas de la misma forma, confiando en que un fallo en el proceso de fabricación o modelado hubiese sido la causa de tan rápido deterioro.

Días más tarde, construidas de nuevo y listas para cargar en el camión, el director general dejó una reunión que tenía con el resto de la directiva sobre el tema que había sucedido para bajar personalmente al almacén a comprobar in situ cómo las esculturas eran enviadas con la calidad necesaria. No habían transcurrido prácticamente ni diez minutos cuando estaba de vuelta en la sala de juntas. Sorprendidos por tanta rapidez, sus compañeros escucharon:

―Señores. Al bajar a hacer la comprobación visual de la mercancía me encontré con Felipe. Estaba poniendo un paquetito en cada escultura, en una parte que no pudiera ver el público. Extrañado, pensando que esa era la causa de los desperfectos de las figuras, pregunté el motivo. Me contestó que se había enterado de todo el tema de las esculturas. Y me explicó lo que realmente había pasado. Parece ser que el hierro sufre corrosión atmosférica, lo que hace que los materiales ferrosos se degraden por formación de herrumbre. ¡Esa era la causa del color rojizo, de las grietas y de los agujeros en las finas láminas de las esculturas que nos reportaron en la llamada! ―exclamó.

Mirad estas fotos que me enseñó en su móvil sobre procesos similares. Parece ser algo común que sucede mucho a nuestro alrededor ―comentó mientras mostraba las imágenes con su tableta.

Tornillos y tuercas oxidados 

Resultado de la oxidación de un banco de la calle

Oxidación y mantenimiento

Tras una breve pausa, continuó hablando:

―Felipe afirmó que era debido a un fenómeno electroquímico. En la superficie del hierro se formaban óxidos de hierro, debido a la presencia de agua, oxígeno y un electrolito, tres sustancias presentes en las calles. Y que estaba favorecido a pH ligeramente ácidos, fruto de la contaminación creciente en forma de CO2, SO2, NO2… Muy seguro de sí mismo, me dijo que era un proceso en dos etapas. Primeramente el hierro se oxida perdiendo dos electrones y se forma Fe2+ en una gotita de agua. Esto es posible gracias al oxígeno atmosférico, que se reduce a agua con un aporte de protones presentes en la humedad. En la segunda etapa, el oxígeno disuelto en las gotitas se reduce a agua, oxidando el Fe2+ disuelto a Fe3+, el cual precipita en forma de Fe2O3•xH2O, y quedándose, tras su deshidratación, en forma de Fe2O3 (herrumbre).

Los compañeros del director, todos de impoluto traje, se miraron con la boca abierta. El director general, tras un sonoro carraspeo, prosiguió:

―Como si me estuviera leyendo la mente, Felipe me indicó lo que estaba haciendo. Me dijo que quería buscar una solución al problema. Había pensado en varias. Unas cuantas versaban sobre recubrimientos con pinturas o con metales más o menos activos que el hierro. Él mismo expuso que, sin embargo, estas soluciones no estarían aceptadas por el autor de las esculturas quien, por deseo personal, quería que las esculturas fueran en hierro desnudo. Apuntó que quedaba una solución posible, precisamente, la que estaba llevando a cabo. Ese paquetito que pensé que era el motivo de tan rápido deterioro era en realidad magnesio, elemento que iba a actuar como ánodo de sacrificio. Felipe vio mi cara estupefacta, así que la explicación que me dio fue clara y sencilla. Al conectar el hierro a un trozo de metal más activo como el magnesio, éste se oxida, disolviéndose, y permite que el hierro reciba continuamente electrones del magnesio, por lo que no se oxida y por tanto no se forma herrumbre.

El director general hizo un parón para tomar un poco de agua. Se dio cuenta de que estaba tardando mucho más en exponer a sus compañeros el problema que lo que tardó Felipe en explicárselo a él. Intentó continuar para manifestar lo siguiente que le había dicho:

Felipe me afirmó que esta metodología se emplea para proteger grandes objetos de hierro y acero (aleación de hierro y carbono), que están en contacto con agua de mar, con tierra y ambientes húmedos, tuberías y similar. Y por cierto, comentó que el único mantenimiento que requería era vigilar el estado y la cantidad de magnesio para así sustituirlo periódicamente cuando estuviese próximo a acabarse.

Los compañeros del director general estaban anonadados. Solo tuvieron palabras de admiración y fuerza para hacer una única pregunta:

―Señor director general, ¿quién es el tal Felipe que usted se encontró y que nosotros no conocemos? ―respondieron al unísono.

Apartándose un poco a la derecha, el director dejó ver a Felipe, quien esperaba pacientemente a sus espaldas.

―Soy Felipe, carretillero de almacén. Disfruto con mi trabajo tanto como el que más. Además, soy químico, considerado por mis compañeros como uno de los mejores de mi promoción, aspecto que también está justificado por mi expediente académico. Siento meterme donde no me llaman pero si ustedes volvían a hacer lo mismo que la primera vez, las esculturas se estropearían de nuevo. Y puedo intuir lo que eso supondría para la empresa. Sea cual sea mi puesto, no puedo permitir que nuestra industria caiga dos veces con la misma piedra, porque el conocimiento, muchas veces, y más en estos tiempos, no está solo en los altos cargos.

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